Vivir el tiempo presente

Si nos damos cuenta, cuando estamos sumergidos con atención plena en cualquier tarea por pequeña que esta sea, el tiempo se detiene, no existe. El presente nos inunda por completo y la noción del reloj se para. El cuerpo y la mente están exquisitamente unidos y la experiencia de esos momentos se vive y nos suele dejar, en general, un maravilloso sabor en nuestro ánimo.

Por el contrario, cuando la mente se disgrega involuntariamente del cuerpo en el tiempo y con su enorme capacidad imaginativa se traslada al pasado, al futuro o comienza a juzgar, a comparar el presente con otras situaciones ya vividas o por vivir, perdemos nuestra unidad original cuerpo-mente y en consecuencia, la experiencia se piensa y nos deja, en cambio, un gustillo cuanto menos insípido, e incluso a veces, amargo.

Vivimos en una sociedad en el que continuamente pensamos el tiempo, sobre todo el futuro, y sin darnos cuenta de un imposible, queremos vivir el futuro en el presente, pensando con tanta frecuencia lo que tengo que hacer después de lo que estoy haciendo, que se nos escapa el tiempo sin vivirlo, se nos escapa la vida, por entre los dedos, como el agua se nos escapa cuando la cogemos entre las manos.

Me gusta mucho la sensación de vivir el tiempo al escuchar el silencio en la penumbra de una bodega, en una catedral o con más frecuencia, en una sencilla parroquia antes de cualquier acto religioso. También, sentir como mi cuerpo se acompasa al ritmo de la naturaleza, de cada hoy, de cada día, sin calendarios esperando con la ilusión y la curiosidad del niño lo que nos trae la marea de cada día. Los días de la semana desaparecen por su nombre, quedando reducido al ayer, antes de ayer, hoy, mañana y pasado mañana como tantas veces he escuchado a los hombres que viven, trabajan y sienten la naturaleza. Entonces los días de la semana dan paso a la aventura de cada hoy, y a descubrir como el niño descubre desde su inocencia, las maravillas de un día sin nombre. Es sencillamente la experiencia de vivir, y no pensar la vida. Es vivir el tiempo.

Cuando efectuamos cualquier práctica de mindfulness y ejercitamos la atención plena en el presente, sin compararlo, ni juzgarlo, tal como es sin ningún proceso mental asociado, estamos disciplinando nuestra mente, poco a poco sin apenas esfuerzo, para que evite salirse y romper involuntariamente su unidad con el cuerpo. Esta podría ser una de las claves para comenzar a aprender a vivir el tiempo de una manera consciente, simplemente aprender a vivir y sentir la respiración consciente en nosotros, de sentir como la vida, como el tiempo entra conscientemente en cada uno de nosotros con cada hálito de la inspiración.

El sevillano Luis Cernuda describe vivir el tiempo de una manera maravillosa como sólo los grandes poetas saben hacerlo:

¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifras de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?

“… Allí, en el absoluto silencio estival… he visto como las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.”

Vivir el tiempo es vivir el presente con toda nuestra alma, con toda nuestra atención, sumergidos en la unión maravillosa del cuerpo y mente, de razón y emoción, que cogidos de la mano nos llevan a experimentar la vida.

Vivir es saborear el tiempo, alimentarse de cada instante, aunque sea sólo por el hecho maravilloso de sentir la respiración consciente, de oír cantar a los pájaros, de ver como baja la marea, de oler la montaña en el amanecer… de sentir como la vida entra en nosotros con cada inspiración, y como somos capaces de detener el reloj, de vivir el tiempo, y de poseer de verdad, la vida.

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