No espero nada, no temo nada, soy libre

no espero nada, no temo nada, soy libre

«No espero nada, no temo nada, soy libre»

El autor de la frase con la que iniciamos esta reflexión es Nikos Kazantzakis, para muchos, quizás, el escritor griego más importante del siglo XX, hombre de una valía intelectual fuera de toda duda y de una personalidad con grandes valores humanos y gran inquietud espiritual. Vamos, ahora, a ampliar un poco todo el enorme sentido y la hondura, que contienen estas pocas palabras.

Cuando estamos con atención plena en lo que hacemos, el tiempo se detiene y perdemos la noción de todo lo ajeno que está pasando a nuestro alrededor. La mente se encuentra sin deseos ni aspiraciones; en un equilibrio maravilloso entre la fuerza de sus instintos, el motor de sus emociones, y lo excelso de la razón. El hecho de vivir cada instante nos llena por completo; ya no son necesarios los premios ni los honores; la enorme satisfacción de la tarea realizada nos colma por completo. Entonces, ya no se espera nada porque el sentimiento de satisfacción, y de bienestar son tan elevados, y la experiencia en sí misma es tan enriquecedora, que ya no precisamos recompensa alguna.

Por otra parte, el conocimiento cada vez más profundo de las leyes de la naturaleza ha supuesto para el Ser Humano la emancipación de las influencias mágicas, de manera que todos los miedos infundados fruto de las supersticiones han sido vencidos por la Ciencia. Hoy el Ser Humano es capaz de doblegar los miedos imaginarios a la luz de la razón y alcanzar la tranquilidad de consciencia y la ausencia de sentimientos de culpabilidad al suprimir, también, el temor a los castigos, que se fundamentaban en tradiciones basadas en la ignorancia y la superchería.

En estos tiempos de epidemia mantenerse quieto en la espera y no temer los miedos virtuales, que como fantasmas nos crea el enorme poder de nuestra imaginación, son básicos para alcanzar la libertad auténtica en esta difícil circunstancia, que nos ha tocado vivir, porque va acompañada gracias al pleno ejercicio de nuestras facultades, de la rotura de todas las cadenas de los castigos o de los premios futuros, y, de una mayor comprensión del mundo en que vivimos.

Al lograr no esperar, ni temer nada conseguimos un equilibrio y una confianza en nosotros mismos, que nos permiten alcanzar ese sentimiento profundo de serenidad y de paz con nosotros, con los demás y con la propia naturaleza, que nos hace, eso tan simple y complejo a la vez: sentirnos libres.

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