El placer de la lentitud

La velocidad posiblemente sea una de las características más importantes que prepondera en las sociedades modernas y en consecuencia, la rapidez, es decir, todo aquello que dura poco tiempo o se hace en poco tiempo constituye una de sus señales de identidad.

La experiencia de vivir en este contexto es apresurada, a veces incluso vertiginosa. Suele ser bastante frecuente, que nos inunde una sensación de aceleración constante, con los latidos de nuestro corazón galopando con prisa y como si el aliento nos faltase muchas veces de tanto correr. Así, con frecuencia, la intranquilidad coge de la mano a la ansiedad y avanzan imperturbables a lo largo de toda la jornada para llegar a la noche extenuados y sin saber, más de una vez, que ha pasado exactamente durante el día. Con este trepidante ritmo pasan las semana, los meses y la vida para un número considerable de Humanos “Modernos”, sin ser muy conscientes de ella, como “un sin vivir”.

La epidemia global de un virus lo ha frenado todo. ¿Qué podemos aprender de esta parada inesperada y sorprendente? ¿Cómo transformarla en un valor, que enriquezca nuestra vida? Ahora, transcurrido un cierto tiempo desde el inicio de la epidemia, que nos permite tener cierta perspectiva de lo sucedido, puede ser útil reflexionar sobre la experiencia del tiempo tras el enorme parón sufrido en nuestra vida cotidiana.

Nuestro ritmo social se ha visto modificado lo suficientemente para permitirnos una experiencia, posiblemente única: sentir el contraste entre la velocidad y la lentitud. El contraste entre rápido y despacio; apresurado y tranquilo; agitado y sereno. El contraste entre “un sin vivir” y una vida plena, consciente, llena de momentos que no nos agotan porque llevan el ritmo de la naturaleza. Esa es una de las claves importantes, vivimos un ritmo vital impuesto por una sociedad y cultura creada por nuestro cerebro, pero de espaldas a la naturaleza.

Ahora, puede que el corazón nos lata acompasado con la razón, en ese equilibrio mágico que rompe el galope y nos hace caminar paso a paso con calma, sin precipitarnos, dueños por una vez del tiempo.

Según hayamos experimentado cada uno de nosotros ese contraste entre rapidez y parada, según hayamos sido conscientes de ese cambio en el devenir cotidiano, hemos podido descubrir probablemente algo nuevo y sorprendente, el maravilloso placer de la lentitud: caminar por la vida con atención plena, en hacerlo lo mejor posible, sin esperar nada, completamente complacidos y alegres por el simple y maravilloso hecho de ser conscientes de vivir. Lao-Tse, el gran filósofo chino, nos dejó la siguiente perla: La naturaleza no tiene prisa y, sin embargo, todo lo alcanza” o como señala mi amigo el Profesor Juan Fernández Ortega en su escrito “LES MUGUETS” sobre el Primero de Mayo en París: “…Era hermoso ir al paso de aquellas gigantescas comitivas que marchaban como si no tuviesen prisa y sintieran el placer de la lentitud”.

Para el Profesor Juan Fernández Ortega

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